copy&paste psi divã

Herramienta del psicoanálisis

En la época en que Freud empezó a usar el diván, este asiento era un elemento común de decoración en los hogares. Y como él trabajaba en su casa, vino a sustituír la camilla del médico.

Existía además una razón práctica en su utilización: era ofrecerle al paciente una situación de reposo en la que estuviera cómodo. De acuerdo con la disposición de los muebles en la sala de su casa, el sillón en el que se sentaba Freud estaba detrás del diván, quedando así fuera de la mirada del paciente.

Con el tiempo se encontraron razones suficientes para considerar esta situación como positiva para el desarrollo del tratamiento psicoanalítico y fue el propio Freud quien planteó las ventajas por las que consideraba útil mantenerla:

“Esta disposición tiene un sentido histórico, partiendo del cual se desarrolló el psicoanálisis. Pero merece conservarse por varias razones. En primer lugar, por un motivo personal que seguramente compartirá conmigo mucha gente. No resisto pasarme ocho o más horas al día teniendo constantemente clavada en mí la mirada de alguien. Pero, además, como en tanto que escucho al sujeto me abandono también por mi parte al curso de mis ideas inconscientes, no quiero que mi gesto procure al paciente materia de interpretaciones o influya sobre sus manifestaciones (…) Por mi parte mantengo inflexiblemente la situación descrita, con la que me propongo y consigo evitar la inmixión de la transferencia en las ocurrencias del enfermo, aislar la transferencia y hacerla surgir a su tiempo, como resistencia claramente delimitada.”

En Vida y obra de Sigmund Freud, Ernst Jones plantea otra de las ventajas en el uso del diván. Se refiere a que la posición horizontal favorece la relajación, tan deseable en esos momentos. Asimismo se ocupa de negar la sugerencia de varios críticos acerca de que “era el embarazo de Freud en cuanto a enfocar temas sexuales lo que le condujo a insistir en la posición supina de sus pacientes”. Jones en cambio afirma que “su cabal sinceridad le permitía desenvolverse con total libertad”.

Freud planteaba que “por lo general, el sujeto no se acomoda gustoso a esta disposición y se revela contra ella, sobre todo cuando el instinto visual -voyeurs- desempeña un papel importante en su neurosis”.

Jones afirma que, el pedirle al paciente que se recueste en lugar de estar sentado, solía crear dificultades al comienzo, sobre todo porque en Estados Unidos algunas personas consideraban a esta situación como humillante.

Aunque la utilización del diván no es una condición para el tratamiento, la negativa del paciente a recostarse, puede ser objeto de interpretación y tener determinado significado dentro del análisis.

Si bien esta costumbre fue en general aceptada por los psicoanalistas como buena,  incluso imitada, esto no ocurrió en todos los casos. Algunos profesionales no han estado de acuerdo con las ventajas sugeridas en el uso del diván. Freud no desconoció esta oposición, y se manifestó al respecto, dudando acerca de los reales motivos de tal rechazo: “Sé que muchos analíticos obran en este punto de otro modo, pero no puedo decir si es porque realmente encuentran  en ello alguna ventaja o sólo por el deseo de no hacer lo que otros”.

Un célebre regalo para FREUD

De acuerdo a lo que afirma Peter Gay en su libro Freud. Una vida de nuestro tiempo, el diván le había sido regalado por una paciente agradecida -Madame Benvenisti-, aproximadamente en 1890.

Este mueble de Freud, cargado de significado en la historia del psicoanálisis, parece haber sido también muy importante para el propio Freud. No sólo lo acompañó gran parte de su vida, sino que además tenía un lugar preponderante en la decoración de su espacio de trabajo: “…El consultorio donde Freud atendía a sus analizandos, y el estudio contiguo, fueron quedando gradualmente atestados de tapetes orientales, fotografías de amigos, placas, etc. Las estanterías cerradas con cristales estaban llenas de libros y cubiertas de objetos; las paredes, tapizadas con fotos instantáneas y grabados. El famoso diván era todo un dechado de ingenio por sí mismo; en él se amontonaban infinidad de almohadones y había una alfombra a sus pies para uso de los pacientes cuando hacía frío; lo recubría un tapiz persa, un Shiraz…”.

Este famoso asiento pareció, además, acompasar los cambios que se sucedieron durante los últimos años en la vida de Freud, quien a causa de un cáncer en la mandíbula debió someterse a una serie de operaciones, y a fines de 1923 era -al decir de Peter Gay- “como un atleta inválido”. Su voz y su audición resultaron afectadas, sentía un zumbido y poco a poco se fue quedando casi sordo del oído derecho; “entonces trasladaron el diván de una pared a otra, para que pudiera escuchar con el oído izquierdo”.

Poco después de su última operación se mudó a una residencia preparada para él. “La casa se arregló de acuerdo con sus necesidades y deseos”. Entre los bienes que se dispusieron especialmente para que el ambiente se pareciera a su consultorio, se encontraban sus libros, sus antigedades, y su célebre diván. “Allí (…) Freud vivió el año que le quedaba de vida”.

Desde atrás del diván

Más allá de las teorías que explican ventajas y desventajas acerca del uso del diván en el tratamiento, la práctica parece mostrar que pacientes y analistas deben toparse con ansiedades, rechazos y preferencias a la hora de lidiar con este asiento. El que está marcado por la emoción.

A través de los testimonios de las psicoanalistas Mercedes Garbarino e Irene Maggi, ambas integrantes de la Asociación Psicoanalítica del Uruguay, se reflejan algunas de las sensaciones que origina la utilización y hasta la sola presencia de ese mueble en un consultorio. Lejos de fórmulas rígidas, relatan vivencias y situaciones por las que atraviesan los analistas que se enfrentan -y hacen enfrentar- al diván.

Los que aceptan y los otros

“Cuando el médico receta un medicamento, aunque sea feo de gusto uno dice: ‘lo tomo porque me va a aliviar’. Con el diván ocurre lo mismo; ayuda a la técnica del psicoanálisis, y sin embargo produce rechazo. Es muy común escuchar: ‘qué ganas de sentarme’; o que los pacientes directamente se den vuelta y digan: ‘usted discúlpeme, pero le tengo que ver la cara’. ¨Y ahí qué les vas a decir?”, plantea Mercedes Garbarino.

En relación con las diferencias que el analista puede encontrar en la práctica entre los pacientes que aceptan y los que se niegan a usar el diván, Garbarino afirma que “no es lo mismo trabajar cara a cara. A mi se me hace más difícil porque soy una persona que expreso mucho, sobre todo con mis movimientos. He encontrado que bastante gente me capta. Una vez un paciente que utilizaba el diván me dijo: ‘Mire Mercedes, yo quiero que me explique por qué hay momentos en que usted se incorpora’. Y ahí me lo pregunté a mí misma, porque yo lo hacía inconcientemente. Entonces le dije, ‘la verdad que no sé, vamos a verlo juntos, ¨qué le parece?’. Fijate si soy así de expresiva con mi cuerpo, lo que será cara a cara. Pero no tengo más remedio que hacerlo porque hay gente que se resiste explícitamente. Recuerdo una mujer que era muy buena paciente; tenía mucho insight y traía material sumamente adecuado, pero desde un principio me aclaró que no iba a utilizar el diván. Y fue un psicoanálisis en el que se trabajó muy bien. Pero me tenía que cuidar y estar incluyendo a cada rato mi contratransferencia”.

“Cara: almidonate para no expresar”

Acerca de los efectos que las expresiones del analista pueden provocar en el paciente, Garbarino plantea la posibilidad de recuperar eso como información valiosa para el tratamiento: “En el cara a cara a veces los pacientes dicen: ‘esto no le gustó’, y yo pienso: ‘cara, almidonate para no expresar’. Entonces digo: ‘bueno, supongamos que me preocupó, ¨qué le parece a usted, por qué habrá sido?’.

Es decir, lo utilizo como material de análisis”.

Sostiene que se debe hacer lo posible por mantener una expresión neutral, aunque reconoce que es un esfuerzo con el que hay que lidiar constantemente: “…Son condiciones que se tienen que enfrentar; hay que hacer lo posible por poner cara de psicoanalista, impávida”. Asimismo, explica las razones por las cuales es preferible no demostrar sensaciones de preocupación, aunque plantea que en ese aspecto existe cierta paradoja: “Lo deseable es que el paciente traiga la angustia, entonces es importante que no tenga un espejo. Ocurre en el cara a cara que si la persona trae el sufrimiento y uno está interesado, se preocupa. Entonces no conviene mostrar eso, sino transmitirle una situación en la que se recibe lo que el paciente dice de una manera objetiva y distendida, como si fuera un depósito laxo, tranquilo, sin reacciones. Claro que existe ahí una paradoja, porque es importante para entender al otro, ser espejo, en tanto se absorba su angustia y así poder darse cuenta de lo que está sufriendo”.

Presencias y ausencias de la mirada

Tradicionalmente, el uso del diván estaba reservado para los profesionales especializados en psicoanálisis. Si bien esto se ha flexibilizado en los últimos tiempos, aún siguen existiendo razones que explican y justifican mantener la postura original: “Desde hace aproximadamente quince años, ya no sólo los psicoanalistas usan diván, sino que psicoterapeutas -con orientación analítica- también lo hacen. Yo por momentos me pongo muy ortodoxa con eso. Superviso mucho con psicólogas y a veces me han traído pacientes que prácticamente estaban pidiendo el diván, algunos incluso dan vuelta la silla para no mirar al terapeuta. Entonces, uno podría preguntarse: ¨por qué no usarlo?. Además, los casos de personas que se niegan a utilizarlo e igualmente hacen un buen psicoanálisis, hacen pensar: ¨por qué el psicoterapeuta no puede trabajar con diván, así como yo utilizo el cara a cara?. El argumento es que el no ver la cara del otro motiva regresiones mucho más profundas y éstas, en general, provocan gran sufrimiento. En la práctica se vieron casos en los cuales psicólogos han despertado mucha angustia y después no supieron qué hacer por no tener la preparación adecuada. Porque una cosa es ser psicólogo y otra es ser psicoanalista”.

A pesar de los beneficios que supone el diván para el psicoanálisis, hay determinados casos en los que es preferible no utilizarlo durante el tratamiento, “esto se da cuando el sujeto es muy frágil y no tiene suficiente fortaleza en sus mecanismos de defensa como para enfrentar las cosas que no le gustan de sí mismo”, explica Garbarino y plantea que existen situaciones en las que el propio analista sugiere suprimir la situación supina: “He tenido pacientes que empezaron con diván y yo misma les he propuesto que se sienten. Ocurre que ciertas personas tienen el yo débil y no aguantan los impactos que implican las interpretaciones profundas, entonces se angustian mucho y no pueden manejar esa emoción. En cambio estando cara a cara, aunque se le diga algo muy violento, el paciente se controla más y en consecuencia sufre menos. Además, esta situación le permite a uno ir midiendo o tabulando hasta dónde llega la profundización de los conflictos”.

Ansiedades analíticas

Si bien, para muchos pacientes, adaptarse al uso del diván parece no ser tarea fácil, ellos no son los únicos que sienten extrañeza frente a esta situación. En algunos casos también los psicoanalistas viven de manera especial el hecho de comenzar a trabajar con este simbólico asiento. Desde su experiencia, Garbarino cuenta que, “uno se pone muy ansioso la primera vez que usa el diván como analista. El cambio que implica pasar del uso que se le había dado como paciente, al que se da como profesional, provoca un impacto. Ya no soy yo: quien está allí es otro. Ocurre además que, en la carrera de psicoanalista, el instrumento fundamental es uno mismo, entonces el diván se convierte en todo un símbolo”.

Nostalgias del Habla

Para la psicoanalista Irene Maggi, su diván es mucho más que un elemento de trabajo. Está cargado de todo un significado que tiene que ver con su propia vida, los recuerdos de su infancia y también con la identidad que como analista fue construyendo de sí misma.

“Mi interés dentro de esta carrera siempre estuvo orientado hacia el origen del psicoanálisis, y me fui dando cuenta que investigar sobre los orígenes era también una búsqueda de mi propia identidad como analista. Leyendo y pensando acerca de Breuer, su relación con Freud, y cómo iban encontrando el sentido a los síntomas a través del acto de hablar -porque si bien los métodos fueron cambiando, estos siempre se basaron en la palabra- a mí me quedó la idea de que Freud no es un personaje que surge porque sí, sino que era algo propio de ese momento. Es decir, que estaba en el espíritu de la época ese método que tenía que ver con la cura por el habla”.

“Por supuesto pensé que aquello tenía que ver conmigo, porque yo también me iba a ocupar de que el paciente hablara y de encontrarle un sentido. En eso, llego a una altura en la cual tengo que buscar un diván para empezar a trabajar como analista. Allí me encuentro con mi infancia…”.

“Yo nací y viví toda mi niñez en una zona de Pocitos muy característica. Era un barrio -y acá me remito también a la obra de Fernando Mañé Garzón que hace todo un rastreo de los principios de los médicos a comienzos de siglo- donde lo que se privilegiaba eran las tertulias, sentarse a la tardecita en el banco de la vereda… eran encuentros en los que se cantaba, y sobre todo se le daba muchísima importancia a la discusión. Allí se reunían personas como los Suñer -que eran españoles- la familia de Mañé Garzón; también Leopoldo Bofil; y Maggiolo -padre de quien fuera después Decano- que era ingeniero pero se dedicaba a la educación secundaria. Y en la esquina vivían unos ingleses que utilizaban la casa como pensión. Todo eso estaba en la calle, en el barrio, era un ambiente que yo creo reflejaba el ánimo de ese momento, donde lo que se valoraba era el hablar, el bien hablar. El espíritu de la época de mi infancia supongo que estaba bastante de acuerdo con aquella en la que Freud se reunía con sus amigos y tenían las caminatas y los grupos”.

“Cuando llegó el momento en que yo necesité comprar un diván, todo el mundo se preguntaba dónde se manda a hacer, y quién es el mueblero. Justo habían fallecido las hijas del doctor Suñer y los muebles de la casa estaban a la venta. Entonces me encontré con el lit de repos forrado en raso, y dije: ‘este es mi diván’. Ellos habían significado mucho más que vecinos, porque representaban todo aquel intercambio cultural que se había gestado en el barrio. Entonces el afecto de este diván -que tiene un estilo propio evidentemente remite a mi origen”.

“Yo trabajo diariamente acá, y generalmente los pacientes lo usan. Tengo una afinidad y un vínculo muy especial con este asiento, para mí es un compañero en el sentido que me retrotrae a mi infancia y a mis padres. No lo mandé hacer, sino que viene de aquellos recuerdos de mi niñez de los que ahora, en esa calle Pimienta, no queda más nada”.

Diferentes sentidos

Entre los pacientes que utilizan este histórico y significativo mueble, parecen ser los adolescentes aquellos que le descubren las más diversas posibilidades de uso. Maggi plantea que “es difícil ser muy estricto respecto a la técnica en el trabajo con adolescentes”, ya que “es un período de transición -y muy tormentoso- en el que se pasa de la dependencia a la independencia”.

En esas circunstancias, el espacio que el diván tendrá dentro del tratamiento queda supeditado a cada caso en particular, manteniendo abiertas las posibilidades. En relación a la actitud que el analista toma en estas situaciones, Maggi explica que “depende de la edad, pero yo siempre planteo en las entrevistas que antes de empezar miren el diván, que se fijen en él, y les digo también que una de las formas en las que yo trabajo más cómoda es cuando el paciente lo utiliza, pero que eso queda supeditado a lo que ellos prefieran, yo no impongo nada”; aunque aclara que “esto es sólo con respecto a los adolescentes. Con los adultos para mi es muy importante trabajar con diván, el sentido es distinto. La mayoría de mis pacientes lo utilizan, pero bueno, hay otros que lo rechazan y en ese aspecto uno es flexible”.

Divanes creativos

Con los adolescentes la situación es variable, incluso con una misma persona a lo largo del tratamiento: “A veces les digo: ‘¨no tienen ganas de probar, por qué no se tiran?. A lo mejor no resulta tan terrible’. Algunos lo pueden hacer, otros no. En ese aspecto cada experiencia es un mundo aparte”. Acerca de las diversas actitudes que surgen ante esta sugerencia, Maggi relata que “unas reacciones son: ‘Ahhh! Qué horrible!’, mientras que otros se levantan y lo prueban”, aunque aclara que “el adolescente del diván no es aquel que se recuesta y se queda tranquilo sino que es un ser inquieto, que se da vuelta, que mira lo que hace el analista -si anota si no anota- no se puede quedar quieto en un lugar, porque está en busca de un lugar”.

En esas situaciones, plantea que es previsible un comportamiento movedizo y cambiante:

“En un adolescente yo estoy pronta para que se levante, se siente, se dé vuelta. Recuerdo el caso en que el paciente se recostó en el diván y puso los pies donde va la cabeza. Era sumamente alto, enorme, entonces quedaban los championes de él en mi nariz, y tenían un olor impresionante. Así, el uso que hacen del diván es de pronto diferente, uno espera que haya ese movimiento, que es enriquecedor, porque el adolescente es un ser creativo y va a hacer del diván algo creativo”.

Entre las historias sobre las experiencias con los pacientes adolescentes, Maggi cuenta una anécdota en especial, la de una chica que fue construyendo una montaña de papeles en el consultorio, a lo largo de todo el tratamiento: “.venía llena de papeles -que eran como hojas de cuaderno-. Entonces se recostaba en el diván con todos su papelitos agarrados contra el pecho y cuando se iba me los dejaba arriba del escritorio. Este material ella lo elaboraba en su casa, era como que la sesión seguía y ella escribía sin diván en un cuaderno, pero no me lo leía. Aunque yo podía leerlos si quería, ese no era el sentido que tenían. Así, se hizo realmente una montaña de papeles doblados arriba de mi escritorio. Era como una diferencia entre el hablar del diván y el escribir – como una especie de diarios- que me dejaba sobre la mesa; fue una cosa interesante de analizar con ella”.

Doble contención

Con respecto a la negativa que se genera en muchos casos frente al uso del diván, Maggi plantea que desde su punto de vista “produce rechazo más por lo que uno se imagina que puede ser su mundo interno, que por el hecho de usar este asiento. A veces se tiene tanto miedo de las cosas que pueden tenerse dentro de uno, que no es el temor al diván sino de lo que puede aparecer hablando libremente”.

Plantea que en ese sentido puede pensarse en cierto paralelismo entre la contención brindada por el profesional y la situación generada por este mueble: “El analista se ofrece como diván para poder mantener al paciente, para que no ‘caiga’, porque su temor es caer en la ‘locura-muerte’. Uno con la palabra, con la interpretación y el encuadre, lo sostiene, como si fuera el propio diván, porque si éste no estuviera se caería al piso. En ese sentido, el diván sería algo así como los brazos del analista”.

El diván renace en la decoración actual

Durante varias décadas era habitual encontrar al diván adornando las salas y comedores de los hogares; sin embargo en determinado momento fue suprimido como elemento de decoración. En opinión del decorador Carlos Lanzaro, la chaise longue se debe haber dejado de usar debido a un cambio de estilo, “cuando nuestra cultura fue influida por las corrientes de diseño americanas, nórdicas, más funcionalistas y más austeras; cuando los roperos desaparecieron como muebles y en su lugar apareció el placard metido en la pared. Probablemente ahí el diván haya perdido su encanto y su uso, que es medio hedonista”.

Sin embargo, actualmente este asiento se está volviendo a considerar como una opción a la hora de elegir el mobiliario para interiores. En ese sentido -afirma Lanzaro-, “es una cosa reciente, diría que hace un par de años resurge como moda”.

En este momento, la chaise longue tiene presencia en las publicaciones sobre decoración, donde a través de fotografías y descripciones pueden verse los más variados estilos, desde tradicionales hasta los ultramodernos, dotados de mecanismos especiales para reclinarse automáticamente. La amplia gama de posibilidades incluye un modelo cuyas patas están constituidas por cuatro esculturas con formas de animales.

Acerca de la recuperación de este antiguo mueble, Lanzaro plantea que existe un valor colocado allí, debido al encanto de algo que se redescubre: “Como toda cosa que está en desuso y se vuelve a utilizar, genera cierto atractivo, cierta novelería”, aunque pone en duda la posibilidad de que hoy en día la gente le de el mismo uso para el que fue diseñado originariamente: “Ahora está de moda, pero no sé si tenemos oportunidad de usarlo como se propone; estar tirado en un sillón durante el día y en plena sala de la casa. Estaba pensado para gente que tenía mucho tiempo ocioso”.

Con respecto a la ubicación más apropiada para este tipo de sofacama, opina que puede ir en cualquier lugar, aunque considera que “está más restringido para decoraciones o espacios donde la protagonista es una mujer, porque es el tipo de coquetería y de equipamiento que una señora puede disfrutar; es difícil que un hombre durante el día se recueste. Incluso la maja desnuda o la maja vestida están siempre reclinadas en el diván. Es decir, hay mucha historia visual de este asiento vinculado a la actividad femenina”.

En relación con la presencia que la simbología psicoanalítica de este mueble podría tener a la hora de elegirlo como parte de una decoración, Lanzaro dijo que “el diván es sinónimo de psicoanálisis. Pero sucede que en el uso social está en general como flotando en el medio del espacio; mientras que en el análisis, por la necesidad de ubicarlo en sitios más reducidos -como puede ser un consultorio- está puesto en otro lugar. Incluso la actitud que el paciente tiene en un tratamiento es austera; muy diferente a la que tendría descansando en su hogar. El uso que se le da en el psicoanálisis no es aquel para el que fue diseñado, que era una situación más placentera y de ocio”.

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